Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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LXXVI

Siempre que acabo de escribir párrafos como los anteriores, me siento asombrada de mí. ¡Yo, la mujer frívola por excelencia, predestinada por mis aficiones, por mi carácter, por mi temperamento, a vivir apartada de toda intriga política, como el ave o como la mariposa, en un mundo de sedas, de gasas, de cantos y armonías, yo, describiendo extensos relatos manchados de sangre, que llaman a los pueblos a la guerra y a la venganza! ¿Por ventura dejo de parecerme a Venus Afrodita ocultando bajo la máscara de Némesis su rostro de dulce sonrisa, sus ojos de dulces promesas, sus labios de dulces juramentos?

Pero he emprendido la narración de los acontecimientos en los que he intervenido, y ahora no puedo retroceder ante el empeño que me he impuesto; la voz de mi conciencia, y acaso también la de mi arrepentimiento, me grita: «¡Adelante!». Y, obligada a obedecer a esta voz de arriba, prosigo.

Este informe de José Bonaparte produjo en París profunda sensación. Bonaparte era el ídolo del día; tocar a uno de sus hermanos, era un crimen, más que de lesa majestad, de lesa divinidad.

Por lo que, es de leer la carta que el ciudadano Talleyrand, ese termómetro del espíritu público, le dirigió en contestación a su informe.

11 Enero de 1798.


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