Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El Rey y la Reina subieron tras de mí. Me encontraron en el estado que dejo dicho, casi desmayada sobre el pecho de Nelson, que me sujetaba contra su corazón con su único brazo. Su sombrero había caído sobre el puente, y en el éxtasis de la felicidad, inclinaba la cabeza hacia atrás mirando al cielo.
Por fin, los hurras de los marineros subidos a las vergas le hicieron volver la mirada a la tierra, y vio lo que en ella sucedía.
Estaban allí el Rey, la Reina, los ministros y cortesanos, agrupados en torno suyo para rendir pleitesía al héroe de Aboukir, cual lo hubiesen hecho con el mismo dios de las victorias.
El Rey tenía en la mano una magnífica espada guarnecida de diamantes, cuyo valor intrínseco era de cinco mil libras esterlinas, pero de un valor histórico incalculable. Era la espada entregada por Luis XIV a Felipe V al partir este para España, y por Felipe V a su hijo cuando el último partió para Nápoles.
El rey Felipe V, al entregarla a Carlos, le dijo: «Esta espada pertenece al conquistador del reino de Nápoles», y Don Carlos, al legarla a su hijo, habló así: «Esta espada pertenece al defensor del reino que yo te he conquistado».
Fernando contemplaba a Nelson como al salvador del reino y le presentaba la magnífica herencia de Luis XIV.