Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Pues tanto mejor —dijo el señor Hawarden—; se siente placer del placer que usted experimenta.
Efectivamente, me encontraba yo en un estado de arrobamiento. A menudo habĂa oĂdo hablar de teatro, pero no tenĂa de Ă©l la menor idea. Algunas pensionistas de la señora Colmann, que habĂan visto representar, en Chester, a varias compañĂas de provincia, habĂan vuelto al colegio como asombradas. ÂżQuĂ© no serĂa en Londres?
—¿A qué hora empieza la función? —pregunté al señor Hawarden.
—A las siete y media en punto.
—¿Y termina?…
—A las once, poco más o menos.
—Asà que, el espectáculo dura cuatro horas y media.
—De esas cuatro horas y media —dijo riendo el señor Hawarden—, hay que rebajar la duración de los entreactos.
—Iremos antes que el espectáculo empiece, ¿no es as�
—Cuando se levante el telón, estaremos en nuestro palco.
—¡Oh, Dios mĂo! ¡No son más que las cinco!