Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Después del piscolabis, compuesto de te y emparedados, me fui a mi cuarto, que era el que ya habÃa ocupado anteriormente. No sabÃa muy bien lo que iba a hacer durante los cuarenta minutos que faltaban para salir de casa, cuando vi sobre la cama un precioso vestido de tafetán azul.
Simultáneamente entró la camarera.
—¿Me permite la señorita que la ayude a vestirse? —preguntó.
Esto diciendo, cogió el vestido.
Entonces comprendà el sentido de las palabras enigmáticas del señor Hawarden, que habÃa dispuesto no solamente llevarme al teatro, sino también regalarme un vestido con que poder ir.
Las lágrimas empañaron mis ojos y sentà la necesidad de correr a expresarle mi gratitud.
—¿Dónde está el señor Hawarden? —pregunté a la camarera.
—Vistiendo a la señora, a fin de que yo pueda ayudarla a usted y que todos estén dispuestos a la hora de salir.
Entristeciome aquel acto de inmensa bondad, a la que me consideraba incapaz de poder corresponder en ninguna ocasión, y hasta impotente para agradecer.