Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Quedeme más taciturna que impaciente. Pensaba en aquel hombre que gozaba de una reputación universal, que era uno de los primeros cirujanos de Londres, un anatomista eminente, un sabio de primer orden, y que, a pesar de tantos tÃtulos de gloria, se tomaba el trabajo de vestir a su mujer, para que la hija de la pobre moza de labranza, para que la institutriz de los hijos de su padre y la empleada del señor Plowden, pudiese llegar al teatro a la hora de empezar y no perdiese la parte más mÃnima del deleite que ella, la humilde joven, se prometÃa.
Hay en el genio una generosa bondad para con los pequeños, una suprema mansedumbre por los débiles, condiciones que reflejan la omnipotencia de Dios.
A las siete y cuarto el bondadoso doctor llamó personalmente a la puerta de mi habitación.
—¿Y bien —preguntó—, cómo estamos?
Salà precipitadamente, le cogà la mano, y, antes que pudiese adivinar mi intención, estampé un beso en ella.
Me miró; sin duda hube de parecerle muy hermosa, porque, con un movimiento de hombros lleno de tierna piedad:
—¿Reconoces que serÃa una verdadera desgracia —dijo mostrándome a su mujer que acababa de salir de su gabinete—, si esta maravilla de la Naturaleza se perdiese?