Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Y seguidamente, como si estuviese arrepentido de haber, con tales palabras, dado pábulo a mi orgullo:
—Vamos, vamos —añadió—, al coche. He prometido a esta niña que llegarÃamos antes de levantarse el telón.
Asà fue. Tomábamos asiento en el palco cuando empezaba la sinfonÃa. Tuve tiempo de dirigir una ojeada al brillante hemiciclo. Sheridan, el director del teatro, lo habÃa recientemente hecho renovar por el primer decorador de Londres.
HabrÃase podido creer en un palacio de hadas.
Con respecto a mÃ, deslumbrada por las luces, magnetizada por la música, fascinada por el oro, los diamantes y las flores, no concibiendo que se pudiese reunir tanta riqueza sin arruinar el universo, me habrÃa sido imposible decir ni siquiera comprender dónde me encontraba.
El telón se levantó. Solo vi una plaza pública de Verona.