Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Carolina estaba perezosamente recostada sobre los almohadones. Se habría creído que dormía. Frecuentes sacudidas nerviosas agitaban su cuerpo, y a ratos murmuraba, temblando, las palabras ‘fatuo’ y ‘cobarde’, aplicadas a Mack y a su desgraciado marido.

—¡Oh, Nelson!, ¡bravo, Nelson! —dijo de pronto—. Él es nuestra única esperanza, Emma.

Le estreché la mano, diciendo:

—Esté Vuestra Majestad tranquila, señora; le respondo de él como de mí misma.

Hora y media después de nuestra salida de Caserta llegábamos al palacio real.

Antes de apearnos del coche, la Reina preguntó si el capitán general Acton se encontraba en palacio.

Por fortuna no había salido.

—Vayan a decirle que le espero en mis habitaciones —dijo la Reina.

Y subimos la escalera.

A cuantos se presentaron para ofrecerle sus respetos, hombres y mujeres, la Reina, apartándose de ellos, respondía:

—¡Gracias!

Entramos las dos solas en su aposento.

El ujier de servicio puso un candelabro encima de una mesa, y pidió órdenes a la Reina.


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