Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Veamos! —añadió—; Mack ha sido derrotado, ¿no es verdad? El ejército está disperso. ¿Han recibido ustedes un correo del Rey?
—Más aún; el Rey en persona ha llegado a Caserta, hace tres horas. Todo se ha perdido. Dentro de quince dÃas los franceses estarán aquÃ. La Reina quiere huir a Sicilia, y cuenta con usted para hacer el viaje.
—¿Va usted? —preguntó Nelson.
—Yo no dejo a la Reina.
—Y yo no la dejo a usted.
—¿Contra toda orden que pudiese recibir?
—¡Aunque tuviese que rasgar mis cartas sin abrirlas!
—¡Nelson! —exclamé.
Y extendà los brazos hacia él.
Nelson se arrojó sobre mi pecho.
—¡Tenga usted piedad de mÃ! —murmuró.
—Nelson —repliqué—, no es por piedad por lo que le digo que le amo; es por gratitud, es… ¡por amor!
Loco de pasión, se arrodilló a mis pies, besándome las manos y profiriendo gritos ahogados, gritos que tanto parecÃan de dolor como de alegrÃa.
En aquel instante, la Reina entreabrió la puerta, y, viendo a Nelson a mis plantas, hizo ademán de retirarse.