Historia de una cortesana
Historia de una cortesana En el movimiento que hizo para retirarla, inclinó la cabeza, yo levanté la mÃa, y nuestros labios se encontraron.
—¡Oh! —gritó Nelson, retrocediendo algunos pasos—, usted me volverá loco.
Le tendà la mano.
—¡Qué importa —dije—, si le curo!
Dirigió una mirada en torno suyo para ver si estábamos solos. Comprendà la intención de aquella mirada, y con una sonrisa, le dije:
—La Reina y el capitán general están allÃ, en esa habitación.
Lanzó un suspiro, se acercó a mÃ, pasó su brazo alrededor de mi cintura, y me hizo sentar a su lado.
—Usted acaba de escribirme unas lÃneas diciéndome que quiere pedirme un servicio —me dijo—. Soy un egoÃsta, por no haber preguntado desde un principio en qué podÃa serle útil. Reparo mi falta. Hablaremos después de mi locura.
—Cuando usted quiera —respondà con una mirada llena de promesas—, y si usted tarda demasiado, yo tomaré la iniciativa.
—¡Cuidado! —me dijo—, usted es Penélope, y yo no soy Ulises.
Luego, haciendo un esfuerzo sobre sà mismo: