Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Durante la noche, el viento amainó, pero sin dejar de ser contrario. Al amanecer, la multitud volvió a inundar los muelles. Miles de pechos prorrumpieron en grandes aclamaciones dirigidas a la flota inglesa, esperando probablemente que el Rey cambiaría de resolución. Y habiendo las aguas del mar recobrado su calma, vimos embarcar a los comisionados y venir con dirección al Van-Guard.
Había una comisión representante del clero, capitaneada por el arzobispo Capece Zurdo; otra de magnates del reino, y otra que traía la representación de la magistratura y de la municipalidad. Venían a suplicar al Rey que no partiese y se comprometían a defenderle hasta el último extremo.
Pero el Rey no pudo recibir a nadie, excepto al cardenal arzobispo de Nápoles; mostrose inflexible en su resolución.
Monseñor Capece Zurdo insistió inútilmente.
—Monseñor —de dijo—, la tierra me ha traicionado; voy a ver si el mar me será más fiel.
El arzobispo salió del Van-Guard con el corazón traspasado de dolor, y manifestando que le era imposible adivinar lo que Nápoles haría entregada a sí misma.
—¡Oh! —murmuró la Reina—, si usted no sabe lo que Nápoles hará, en cambio sé muy bien lo que haré yo, si algún día vuelvo a poner el pie en su suelo.