Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Sobre las cinco volvió a soplar el viento; aparejamos, y a las siete se levó el ancla. Emprendimos la marcha acompañados de la fragata Minerva y diez o doce barcos mercantes.
Pero apenas hubimos doblado Capri, se desencadenó una furiosa tormenta. Diríase que, infiel como la tierra, también el mar quería traicionar al Rey; todo aquel día, que era un lunes, se dedicó a luchar contra el líquido elemento. La noche fue terrible; los tres mástiles de juanete y el bauprés se rompieron. Muchas veces creímos que el barco se iba a destrozar. Crujía de un modo espantoso.
Difícilmente podrá formarse una idea del estado en que se encontraba la familia real. El Rey, loco de terror, se encomendaba a todos los santos, y singularmente a San Francisco de Paula, a quien parecía tener, en aquella circunstancia, particular devoción, prometiéndole, si le salvaba, una iglesia tan soberbia como la de San Pedro de Roma. De su familia, no hablaba. Las jóvenes Princesas estaban muertas de cansancio y muy mortificadas por el mareo; el Príncipe heredero parecía tan abatido como su padre; la princesa Clementina sonreía maliciosamente al cielo. La Reina estaba sombría y como absorta en su pensamiento.