Historia de una cortesana

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De vez en cuando, Nelson, que permanecía en el puente para velar por la seguridad de sus ilustres pasajeros, bajaba a decirnos una palabra que nos infundiese ánimo, a la que solo yo respondía con un signo de mano o una mirada; y como no era otra cosa lo que él venía a buscar, en habiéndola obtenido, nos dejaba de nuevo para volver a su puesto.

En las primeras horas de la mañana el tiempo abonanzó. Nelson nos dijo que, a su parecer, habría dos horas de tregua, y que si queríamos subir un instante al puente, seguramente nos sentaría bien un poco de aire puro. Además, se aprovecharía ese momento para poner algún orden en los camarotes.

El Rey, que había pasado casi toda la noche orando de rodillas, respiró y nos dio el ejemplo cogiéndose del único brazo de Nelson y subiendo con él a cubierta. La Reina le siguió; viendo yo que se adelantaba hacia la escalera sola y tambaleando, me apresuré a sostenerla. Nelson volvió a bajar con el capitán Hardy, a fin de dar el brazo a la Princesa real y a las Princesitas. En cuanto al Príncipe heredero, se sentía más abatido que ninguno de nosotros. El más joven de los hijos de la Reina se quedó en su hamaca, imposibilitado de hacer ningún movimiento.


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