Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El puente del Van-Guard ofrecía un espectáculo no menos confuso que el de nuestros camarotes. Los marineros aprovechaban el momento de tregua para reparar los graves desperfectos causados por el temporal, y se apercibían a luchar contra el mal tiempo que se avecinaba.

El Rey, apoyado en un parapeto del barco, miraba con ojos codiciosos la fragata del almirante Caracciolo que navegaba a babor nuestro y parecía un barco encantado. No había recibido el menor daño, ni en sus mástiles ni en su velamen.

—Ved, señora —dijo el Rey a Carolina, señalando con el dedo en dirección a la Minerva.

—¿Y qué? —le preguntó la Reina.

—¿Y qué?… que vos sois causa de que yo esté en este barco en vez de estar en aquel.

—Felizmente —repuso la Reina—, el almirante no entiende el italiano. Os felicito por eso.

—¿Por qué?

—Porque, a mi ver —dijo Carolina—, hay bastante con que haya embarcado en su navío a un rey cobarde; y sería doblemente sensible si llegase a percatarse de que embarcó a un rey ingrato.

Y esto diciendo, volvió la espalda a su marido.

—Todo lo ingrato que queráis —replicó el Rey—; pero no es menos cierto que yo preferiría verme en la fragata de Caracciolo y no en el Van-Guard.


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