Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Por fin, a las siete de la noche, el moribundo lanzó un grito desgarrador, se retorció entre mis brazos, hizo un esfuerzo para abrazarme y exhaló un suspiro… ¡Era el postrero!

—¡Señora!, ¡señora! —grité casi enloquecida—; el Príncipe ha muerto.

La Reina se acercó a nosotros, miró a su hijo, lo tocó, y se contentó con decir:

—¡Vete, pobre niño! nos precedes en tan poco, que no vale la pena de llorarte.

Después extendió la mano con una expresión que tenía más de Medea que de Niobe.

—Pero si volvemos —añadió—, puedes estar tranquilo: ¡tú serás vengado!

Se habría dicho que la tempestad no esperaba más que esta víctima expiatoria para calmarse; apenas el real niño hubo exhalado el último suspiro, cesó el viento y serenose el cielo.

Solo entonces la familia real se dio cuenta de que acababa de perder a uno de sus miembros.

La que me pareció más afectada, fue la princesa María Carolina Clementina. No gritó ni exteriorizó su dolor; pero, a este grito que se escapó de mi boca: «¡El Príncipe ha muerto!», apretó a su hijo contra su corazón, y gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

Acosté al pequeño en mi propio camarote, y pasé la noche sentada a su lado.


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