Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Más fina de proa la Minerva que el Van-Guard, cortaba las olas con asombrosa facilidad, y, por lo tanto, se balanceaba mucho menos que el navío inglés. En fin, la marcha segura de la Minerva justificaba el egoísta deseo del Rey.
Diez minutos después del aviso dado por Nelson, estábamos de nuevo en nuestros camarotes, y la borrasca se cernía por segunda vez sobre nuestras cabezas.
Pasamos así los días martes y miércoles. El jueves se señaló por una sensible desgracia.
Sobre las cuatro de la tarde, el joven príncipe Alberto, mi favorito, fue acometido de convulsiones que por momentos aumentaban de un modo alarmante.
El médico lo asistió solícitamente; pero todos sus esfuerzos resultaron ineficaces. Yo tenía al niño en mis brazos, apretado contra mi pecho, y sentía retorcerse todos sus miembros bajo el aguijón del mal. Dos o tres veces quiso la Reina tomarle en brazos; pero el enfermito agarrábase a mí y no quería dejarme.
La tempestad rugía con más furor que nunca; las olas cubrían la cubierta, el barco se estremecía desde lo alto de sus mástiles hasta la quilla; pero yo no oía nada más que las quejas del pobre niño, solo sentía las convulsiones de aquel cuerpo en la agonía.