Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Los marineros lo bajaron a la canoa del almirante; Nelson y yo nos sentamos a su lado, cual debían hacerlo su padre y su madre, y los tripulantes del esquife empezaron a remar hacia el muelle.

El féretro fue llevado al coche mortuorio; un carruaje de la Corte nos esperaba; subimos en él, y seguimos lentamente por las dos calles principales de Palermo, las vías de Toledo y Maqueda, y llegamos al palacio real, antiguo palacio de Roger.

El cuerpo se depositó en la capilla bizantina donde debía quedar durante tres días, y solo entonces pedí que me acompañasen al departamento de la Reina.

Nelson mandó que le acompañasen al del Rey.

Encontró al Príncipe muy preocupado, no por el descalabro del ejército, no por los progresos de la Revolución, no por la próxima entrada de los franceses en Nápoles, sino por dos cosas no menos importantes.

¿Había caza en la Ficuzza? ¿Cuáles serían, por la noche, las parejas que jugarían con él al revesino?

¡Hacía más de dos meses que el Rey no cazaba, y más de ocho días que no había hecho su partida de revesino!

Le acompañaban sus jugadores habituales: el duque de Ascoli, el príncipe de Castelcicala, el príncipe Belmonte; pero el Rey gustaba cambiar de fisonomías.


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