Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Ruffo no jugaba; por otra parte, la Reina sentía por él una antipatía tan extremada, que Fernando acabó por renunciar a recibirle en la intimidad de la familia. Si tenía necesidad de hablarle de política o consultarle algún acto de gobierno, le escribía dos líneas ordenándole que se presentase.
Vivía en Palermo un hombre que era gran jugador y cazador, que reunía precisamente las dos condiciones solicitadas por el rey Fernando y que le podían ser ofrecidas: una cacería en el feudo de Illice y un compañero infatigable al boston o al revesino.
Ese hombre era el presidente Cardillo.
El Rey profesaba una enemiga invencible a la gente togada; pero el apuro en que momentáneamente se encontraba le puso en disposición de dar vado a semejante ojeriza. Así, pues, mandó que le fuese presentado el presidente Cardillo, que puso a disposición del Rey sus bosques y su jauría.
El Rey, encantado del ofrecimiento, aceptó una cacería para el día siguiente e invitó al presidente a una partida de naipes aquella misma noche.
Alguien hubo de advertir a Su Majestad que el presidente era el jugador más torpe de toda Sicilia.
El Rey se echó a reír.
—¡Y yo —dijo— que me figuraba ser el peor jugador de mi reino! Conque he encontrado al hombre que me convenía.