Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El presidente Cardillo no dejó de recibir algunas advertencias encaminadas a que no olvidase que era el Rey con quien tenía el honor de jugar, y recomendándole que se moderase.

El presidente hizo las más halagadoras promesas, y la primera noche la moderación con que se portó fue el asombro de todos, precisamente porque tenían noticia de su carácter irascible.

Una sola palabra se le escapó, y esa palabra le granjeó la simpatía del Rey.

Este, que por momentos esperaba los estallidos de la cólera del presidente, de cuyo violento genio se le había hablado, viendo defraudadas sus esperanzas de entablar una acalorada discusión, consideraba infundados los informes recibidos y ponía al pobre Cardillo en serios aprietos, en tales términos que, olvidando su propio juego, cometió una grave falta.

—¡Cáspita! —exclamó—, soy un asno; podía haber dado el as y no lo he hecho.

—Pues yo —respondió el presidente—, soy aún más asno que Vuestra Majestad; porque podía haber dado la sota de oros, y se me ha quedado entre las manos.

El Rey prorrumpió en una risotada; la respuesta le había recordado la franqueza de sus buenos lazzaroni. A partir de aquel momento, el presidente Cardillo le fue altamente simpático, y las cacerías en Illice no hicieron otra cosa más que arraigar esa simpatía.


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