Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Pero hoy la cuestión no es esa. Yo no sé si, como banquero, el duque de S… era lo bastante escrupuloso en la talla de sus cincuenta y dos cartas: pero lo que sé es que cada día lucía en el cuello de su camisa un nuevo alfiler o un nuevo brillante en el dedo. Yo era mujer, ese diamante me tentaba. Le pedí que me lo dejase ver de cerca, lo llevé a mi dedo, y supliqué al Duque que me lo cediese. El Duque me lo ofreció con la seguridad de que yo no aceptaría, pero esperando que mi deseo sería satisfecho por la Reina, por Nelson o sir Guillermo. En efecto, estaba segura de encontrar al día siguiente en mi tocador el objeto ambicionado por mí la noche anterior.

¿Quién me lo había dado? Ni siquiera trataba de averiguarlo. En aquella vida de prodigalidades que se deslizaba sobre montones de oro, sin cuidarnos de la procedencia ni del destino de ese oro, ¡qué importaban doscientos o trescientos luises más o menos!

Y sin embargo, lo he sabido después, aquellas monedas procedían del pueblo, y estaban cubiertas de sudor, cuando no lo estaban de sangre.

En todo caso, puedo responder de una cosa, y es que el duque de S… no hizo malos negocios al desprenderse una tras otra, en mi obsequio, de todas las joyas de su pertenencia.


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