Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El Rey volvió muy altivo y satisfecho. Su amigo el cardenal, tan menospreciado por la Reina, ese hombre de iglesia que no era juzgado digno de una modesta plaza en el ministerio de la Guerra o de Marina, acababa de proponer una cosa que incumbía al Príncipe real y de la que este ni siquiera se había formado una sola idea.
Convocó a la Reina, a sir Guillermo, a lord Nelson y al general Acton, y les comunicó la proposición de Ruffo.
Todos fueron de opinión que era necesario aceptarla, excepto la Reina, que no aprobaba ni desaprobaba, limitándose a guardar silencio.
Se acordó que al día siguiente por la mañana, Ruffo sería llamado a palacio, y que en su presencia y con sus consejos se discutiría y redactaría el acta de conferirle el título de vicario general.
Aquella misma noche, el almirante Francisco Caracciolo solicitó el favor de ser recibido por el Rey.
Fernando mandó decirle que estaba ocupado en un asunto muy urgente, por lo que no podía recibirle; pero que, en todo caso, formulase sus peticiones por escrito.
Caracciolo contestó dejando su dimisión de gran almirante de la marina napolitana. Además, pedía al Rey permiso para regresar a Nápoles.
El Rey, asiendo la ocasión de desembarazarse del almirante, escribió lo que sigue: