Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Por otra parte, no había olvidado nada, ni un gesto del actor, ni una entonación de la actriz. ¡Y qué actores! ¡Garrick y Siddons!
A eso de las tres, con la mente abrasada, pero vencida por la fatiga me acosté. Y soñé que era Julieta, y que estrechaba entre mis brazos a un Romeo imaginario, y que moría con él, presa de amor y víctima del sufrimiento.
No tengo por qué decir en qué disposición de ánimo volví a la joyería. Había pedido al señor Hawarden que me dejase llevar el libro mágico. Dentro del coche en que regresaba a la tienda, lo llevaba fuertemente sujeto contra mi corazón, cual si temiese que de repente se echara a volar en alas de tanta poesía como encerraba. ¡Oh! ¡Cuán humillante a mi orgullo me parecieron las atenciones y lisonjas que mi posición me obligaba a prodigar a los clientes del señor Plowden! ¡Ser tan bella como Julieta, y, como ella, poseer un corazón pletórico de amor y poesía, y tener que probar alhajas en una joyería, aunque fuese la primera de Londres, en vez de lucir un vestido de brocado en un baile, y cambiar desde un balcón frases de amor con un apuesto doncel, y escuchar el canto de los pájaros, departiendo con el galán acerca de si era la alondra o el ruiseñor el que trinaba! Preciso es convenir en que existía un abismo entre lo que yo era y representaba, y lo que podía ser y representar, entre el sueño y la realidad.