Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Volvimos a casa. La cena estaba preparada; pero bien se comprenderá que no me sentía en disposición de probar bocado. Tenía los ojos encendidos y brillantes, el cerebro lleno de poesía, y de amor y de encanto el corazón.
Pedí al señor Hawarden permiso para retirarme a mi cuarto. Concediómelo. Luego, fue a su biblioteca, y volvió diciéndome:
—Sé lo que usted quiere. Quiere usted volver al espectáculo. Tome; vaya usted.
Y me entregó un libro.
Era un tomo de Shakespeare que contenía la tragedia de Romeo y Julieta.
Prorrumpí en un grito de alegría. El señor Hawarden había adivinado el más ardiente deseo de mi alma, y adelantádose a satisfacerlo.
Corrí a mi habitación, arrojeme sobre una butaca y devoré la obra desde la primera a la última línea.
No apagadas aún mis ansias de lectura, volví a leer las escenas principales, las escenas de amor entre Romeo y Julieta, empezando por la del baile y terminando por la de las tumbas.
Era yo ciertamente incapaz de comprender al genio que había inspirado esa obra maestra de pasión y poesía; pero mi corazón, lleno de juventud, de amor y de esperanza, sustituía el saber por medio de la intuición.