Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Un destello de su genio dramático hace ver a Garrick, o antes bien adivinar una escena terrible que el gran dramaturgo había rozado sin sospecharla: el inspirado trágico despierta a Julieta en el momento que Romeo, creyéndola muerta, acaba de envenenarse, y, en vez de producirse ambas muertes por separado, y por consiguiente, en la soledad, resulta una misma agonía para los dos amantes, la agonía que termina en uno, por medio del veneno, y en otro, por medio del puñal.
El gran actor convierte una escena de dolor en una escena de desesperación, y lleva al espectador de lo bello a lo sublime.
En el momento en que Julieta se suicida, yo me desvanecí, mientras que la sala en masa, entusiasmada por la maravillosa innovación de Garrick y admirada del raro talento que había demostrado, estallaba en atronadores aplausos.
Mi desvanecimiento fue de corta duración. Una pequeña aspersión de agua fría bastó para reanimarme. Incapaz de sofrenar mi voluntad, así las manos del señor Hawarden y se las estreché, y, sin preocuparme de lo correcto o incorrecto de mi acción, me precipité en los brazos de su mujer, estrechándola contra mi pecho.