Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Y realmente, mi dicha y mi placer eran incalculables. Sobre todo, cuando llegaron las escenas del balcón, la primera tan poética, tan apasionada la segunda, puestas ambas manos sobre el corazón cuyos latidos comprimían, jadeante, inmóvil la mirada, suspendida la respiración, hubiese yo querido, cual Julieta, arrojar a Romeo del escenario y al propio tiempo no apartar mis ojos de su figura subyugadora.
Considérese a qué grado de terror llegué, cuando Julieta, apurando el bebedizo que debe adormecerla, tiembla pensando que se despertará sola en la tumba de sus mayores, rodeada de muertos, y se estremece ante la idea de verlos salir de sus sepulcros.
Después, se produjo la catástrofe, que me causó tanto más efecto, cuanto que fue presentada de una manera completamente nueva, no solamente para mí, sino hasta para los demás espectadores. Sabido es que en la tragedia primitiva, original de Shakespeare, Romeo muere junto a la tumba de Julieta, ignorando que su amada no está más que aletargada, y que Julieta no recobra el sentido sino después de la muerte de Romeo.