Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El 29, al amanecer, me despertó un gran ruido que en el barco se levantaba. Me puse una bata y subí a cubierta.
Todas las miradas estaban fijas en una barca distante de nosotros una milla aproximadamente, pero en la que podía distinguirse, al lado de un hombre agarrotado, al campesino que el día antes vino a proponer la entrega de Caracciolo.
La duda no cabía: el hombre cumplía su promesa, la promesa de entregar a su amo, y, cumpliéndola, venía a cobrar el importe de la venta.
Nelson y sir Guillermo no cabían en sí de gozo, y yo, que solo veía con los ojos de mi amiga y de mi amante, después de lo que había oído decir del almirante, a quien tenía por traidor y gran culpable, yo también me regocijaba con ellos.
Y sin embargo, mi corazón se acongojó a la vista de aquel hombre que siempre que le oí hablar a la Reina, se había mostrado como valiente marino y hombre de honor. Dejé a sir Guillermo y a lord Nelson gozar de su triunfo, y, creyendo que una mujer no debía compartir con ellos la alegría que los embargaba, me retiré a mi alojamiento cuya puerta cerré. Conocía las disposiciones de Nelson respecto a su colega; había leído la carta de mi marido al general Acton, y no se me ocultaba la suerte que le estaba reservada al prisionero.