Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El Rey y la Reina le encargaron la captura de Caracciolo, muerto o vivo, y que, en el primer caso, no haya gracia para el prisionero; eso le bastó. En virtud de ese encargo, se le confieren poderes judiciales, y, en caso necesario, también atribuciones de verdugo.
En el asunto de Caracciolo no fui consultada. He dicho que me había encerrado en mi camarote para evitar todo encuentro con el infortunado almirante. Nelson y sir Guillermo sabían que si yo lo veía, si lo oía, el corazón de la mujer se iba a quebrantar, y que se verían en el caso de negarse a los requerimientos de mi piedad, cual lo hicieron algún tiempo después, cuando yo pedí a la Reina el indulto de Cirillo, y la Reina, a su vez, lo pidió en vano de rodillas a su marido.
No salí, pues, de mi camarote; pero he aquí lo que oí contar más tarde: Al llegar a bordo, Caracciolo fue inmediatamente desatado y puesto bajo la vigilancia de dos centinelas de vista.
A mediodía, fue convocado el Consejo de guerra: componíanlo cinco oficiales de la marina napolitana, cuyos nombres nunca he sabido, y lo presidía el conde de Thurn.
El interrogatorio duró una hora. Caracciolo respondió noblemente, con dignidad, pero sin el apoyo de ningún abogado y sin haber tenido tiempo de preparar su defensa, que, por lo demás, era difícil, pues había hecho armas contra su rey públicamente, a la luz del día.