Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Creo que emitiré una opinión más justa de Nelson juzgándole por mí misma.

Nelson, lo mismo que yo, había nacido en una condición inferior; se encumbró por obra de su valor, como yo me había encumbrado por obra de mi belleza, y súbitamente, después de la batalla de Aboukir, como yo después de mi matrimonio con sir Guillermo, y se encontró en contacto con los grandes de la tierra. El efecto fue el mismo en la mujer y en el héroe, aunque los medios habían sido diferentes. Asombrado de su triunfo, deslumbrado por los rayos de su nueva fortuna, embriagado por las alabanzas y por los honores que recibía de todos los reyes, por los halagos y adulaciones con que le trataban el rey Fernando y la reina Carolina, Nelson no vio más derechos que los de la realeza, y patrocinó con entusiasmo la causa de los reyes contra los pueblos; quien se atrevía a discutir esos derechos era un rebelde a sus ojos; quien se atreviese a combatirlos, le parecía culpable merecedor de la muerte. Nelson creyó haber recibido, cual el arcángel Miguel, la espada flamígera de manos de Dios, y, cual el arcángel Miguel, hirió sin piedad con esa espada a Satanás y a los ángeles rebeldes. En la ejecución terrible de Caracciolo, en la no menos terrible de los republicanos de Nápoles, no titubeó un instante y, una vez cumplida la sentencia, no solamente no sintió remordimiento, sino que hasta se asombraba de que alguien aceptase que podía sentirlos.


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