Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Cuando oyó la lectura de la sentencia que le condenaba a la horca, experimentó una viva emoción y suplicó a un oficial que en su nombre fuese a pedir a Nelson el favor de ser fusilado y no colgado.

Nelson despidió con dureza al oficial, diciéndole que Caracciolo había sido condenado por un Consejo de guerra compuesto de oficiales de su país, y que él no podía intervenir para nada en el juicio.

Caracciolo insistió; el oficial volvió una segunda vez, y yo oí a Nelson que le gritaba ásperamente:

—¡Ocúpese usted en sus asuntos, caballero, y no se cuide de lo que no le incumbe!

El oficial se retiró.

Se me dijo que, entonces, Caracciolo había invocado mi nombre y rogado al oficial que viniese a verme para que yo intercediese con el fin de obtener lo que él solicitaba.

Pero, sin duda, el oficial, después del sofión que de Nelson recibió, no se atrevió a venir a encontrarme. Dijo que me había buscado inútilmente. En cuanto a mí, lo que puedo asegurar ante Dios, es que nadie me habló en favor de Caracciolo, ni para obtener que se le perdonase la vida, ni para conseguir un cambio en el modo de ejecución.

A las tres, sin que yo supiese nada de lo que ocurría, Caracciolo fue trasladado a la Minerva, donde debía cumplirse la sentencia.


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