Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Los mandó llamar, y se reanudó la discusión. Sir Guillermo sostenÃa la teorÃa diplomática de que los soberanos no pueden transigir con los súbditos rebeldes, en virtud de lo cual los tratados, según él, debÃan ser rasgados; Nelson manifestaba un odio implacable a los revolucionarios franceses, y decÃa que era necesario extirpar la raÃz del mal, a fin de evitar nuevos infortunios. En cuanto al cardenal, mantuvo con entereza el principio de que habÃa de respetarse la capitulación. Pero su opinión no prevaleció contra los argumentos de Nelson y sir Guillermo, que, en el fondo, concertaban con los deseos del Rey.
Los prisioneros fueron retenidos y, viendo partir al cardenal cejijunto y cabizbajo, comprendieron que, para ellos, todo habÃa concluido.
De vuelta a su cuartel general, Ruffo envió por segunda vez su dimisión.
El mismo dÃa, los prisioneros que estaban a bordo del Foudroyant y en los jabeques fueron conducidos a tierra y, atados de dos en dos, trasladados a las prisiones de la VicarÃa; después, dado que este castillo no podÃa contener un número tan crecido de presos (según una carta, del Rey, se elevaban a ocho mil), parte de ellos pasaron a los Granili, convertidos en calabozos por fuerza de las circunstancias.