Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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A la vista de tal espectáculo, los lazzaroni consideraron con fundamento que tenían el campo libre. Los días 8 y 9 de julio se señalaron por actos de ferocidad que venían a contarnos como la cosa más natural y eran aplaudidos por Nelson y sir Guillermo y hasta por el Rey.

De un modo especial, se decían horrores de un arcipreste llamado Rinaldi, el cual, jactándose de lo que había hecho durante aquellas dos jornadas, elevó una petición al Rey solicitando el mando de la ciudad de Capua, y apoyando su petición en méritos de las siguientes hazañas por él realizadas: haber comido un brazo de jacobino asado a fuego lento, despanzurrado a otros dos terroristas y descuartizado a cinco o seis más.

El Rey le concedió una gratificación en dinero, y una recompensa honorífica, no sé cuál. De mí, puedo decir que me parecía estar soñando y bajo la influencia de una pesadilla sangrienta.

Tan luego como se rindió el castillo de San Telmo, la junta nombrada por el cardenal fue disuelta, por haberse mostrado demasiado benévola: Antonio della Rocca y Angelo di Fiore, los dos miembros más vehementes de dicha junta, fueron los únicos que continuaron en sus puestos.


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