JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Os ruego que terminéis. ¿Os estorba esta muchacha? En ese caso entrad al cuarto inmediato, Silvia.
—¡Oh!, de ninguna manera, Silvia, quédate.
El vizconde acarició a la muchacha, cuyo ceño se fruncÃa ya, al pensar que se iba a decir una cosa que ella no oirÃa.
—Bueno, que se quede; pero hablad.
—No hago otra cosa desde que estoy aquÃ.
—Para no decir nada, callaos entonces y dejadme mirar: mejor será esto.
—Tranquilizaos. Cruzaba, pues, por delante de la fuente.
—Precisamente no hablabais de esto.
—Bueno: ¿me interrumpÃs?
—No.
—Pues pasaba por delante de la fuente y compraba muebles viejos para esta fea habitación, cuando de repente percibo que el agua salpica mis medias.
—¡Todo esto es interesante!
—Tened paciencia, sois en exceso ejecutiva, amiga mÃa: miro… y veo… ¿acertáis qué?
—No, proseguid.
—A un caballero tapando con un pedazo de pan el caño de la fuente, y produciendo, gracias al obstáculo que oponÃa al agua, aquella extravasación y aquel surtidor.