JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Interesante es lo que me decÃs —dijo Chon encogiéndose de hombros.
—Escuchad: al sentirme salpicado eché mil maldiciones; el hombre del pan mojado se vuelve y veo… —¿A quién veis?
—A mi filósofo, o mejor dicho a nuestro filósofo.
—¿Quién? ¿Gilberto?
—El mismo, con la cabeza descubierta, la casaca desabrochada y los zapatos sin hebillas: en resumen, en un elegante negligé.
—¡Gilberto…!, ¿y qué te dijo?
—Nos reconocemos; me adelanto, retrocede; estiro el brazo, abre las piernas, y corre como una liebre entre los coches y los aguadores.
—¿Y lo habéis perdido de vista?
—No iba yo a correr también.
—No era natural: comprendo; pero lo habéis perdido de vista.
—¡Qué fatalidad! —exclamó Silvia.
—Le debo buena ración de zurras, y si le hubiera echado la mano al cuello, os prometo que no hubiera perdido nada por esperar, pero sin duda acertó mi buena intención, y puso pies en polvorosa. Sin embargo, él está en ParÃs, que es lo principal; y en ParÃs, por poco amigo que sea uno del subdelegado de policÃa, se encuentra todo lo que se busca.