JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Será necesario…

—Y una vez lo tengamos en nuestro poder le haremos ayunar.

—Será encerrado —dijo Silvia—, sólo que esta vez será preciso elegir un sitio seguro.

—Y Silvia le llevará a ese sitio seguro su pan y su agua, ¿no es cierto, Silvia? —dijo el vizconde.

—No nos riamos, hermano mío —dijo Chon—, ese muchacho vio el lance de los caballos de posta, y si tuviese motivos para odiarnos, podría hacernos daño.

—Por lo mismo, al subir tu escalera —replicó Juan—, he pensado en ir a visitar a M. de Sartine y contarle mi encuentro. Él me contestará que un hombre sin sombrero, con las medias casi caídas, los zapatos en chanclas, y que moja su pan en la fuente, debe vivir muy cerca del sitio donde se le encuentra de este modo pergeñado, y entonces se comprometerá a buscárnoslo.

—Sin dinero, ¿qué puede hacer aquí Gilberto?

—Desempeñar algunas comisiones.

—¡Él!, ¡un filósofo de una especie tan salvaje! ¡Bah!, ¡bah!

—Puede ser que haya encontrado —dijo Silvia— alguna beata vieja, parienta suya, que le dará los mendrugos de pan, en exceso duros para su perro.

—Ea, basta, poned la ropa blanca en ese armario viejo, Silvia, y vos, hermano mío, a nuestro observatorio.


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