JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aproximáronse a la ventana con grandes precauciones.
Dejó Andrea su bordado, tendió negligentemente sus piernas sobre un sillón, cogió un libro colocado sobre una silla que estaba a su lado, lo abrió y empezó una lectura que los espectadores juzgaron ser de las más interesantes, porque la joven continuó inmóvil desde el momento que principió.
—¡Oh!, ¡qué estudiosa es! —dijo Chon—, ¿qué leerá?
—Aquí de mi indispensable —continuó el vizconde sacando de su bolsillo un anteojo que alargó y flechó a Andrea, descansándolo para tomar bien la puntería en el ángulo de la ventana.
Chon le miraba con natural impaciencia.
—Y bien, sepamos: ¿es efectivamente linda esa criatura? —interrogó al vizconde.
—¡Es admirable! ¡Oh! Es una joven perfecta: ¡qué brazos!, ¡qué manos!, ¡qué ojos!, ¡qué labios, capaces de tentar al mismo San Antonio!; los pies, ¡oh!, ¡los pies divinos!; el tobillo… ¡qué tobillo debajo de aquella media de seda!
—¿A que te vas a enamorar de ella? —dijo Chon—: No nos faltaba otra cosa.
—¿Y qué mal habría en ello, si esa joven me quería? Esto tranquilizaría bastante a nuestra pobre condesa.