JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Miremos: dame ese anteojo, y deja por un momento tu charla… SÃ, verdaderamente es hermosa esa joven, y es imposible que no tenga amante…; no lee, mirad… el libro se le va a caer de las manos… miradle, miradle cómo se le cae…; cuando yo os decÃa… Juan, no lee, medita.
—O duerme.
—¿Con los ojos abiertos? ¡Hermosos ojos a fe mÃa!
—De todos modos —dijo Juan—, si tiene amante, le veremos bien desde aquÃ.
—Si viene de dÃa, porque si es de noche…
—¡Diablo!, no he pensado en eso, y, sin embargo, es la primera cosa en que debÃa haber pensado… esto prueba hasta dónde llega mi inocencia.
—SÃ, inocente como un procurador.
—¡Bueno!, prevenido estoy e inventaré cualquier cosa.
—¡Buen anteojo es este! —dijo Chon—: Leeré casi en el libro.
—Leed, y decidme el tÃtulo: acaso pueda adivinar algo de esta manera.
Se adelantó Chon curiosamente; pero retrocedió con más ligereza que habÃa avanzado.
—¿Qué es eso? —preguntó el vizconde.