JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Hermano mÃo, mirad con precaución —contestó Chon agarrándole del brazo—, ved quién se asoma a aquella ventana de la izquierda. Cuidado no os vea.
—¡Oh! —exclamó en voz baja Du Barry—, el que me ha mojado las medias. ¡Dios me perdone!
—Se va a tirar abajo.
—No, se coge al alero del tejado.
—¿Pero qué mira con aquellos ojos ardientes y aquella embriaguez salvaje?
—Acecha.
—¡Ah!, ¡ah!, ya comprendo —exclamó el vizconde dándose una palmada en la frente.
—¿Qué?
—Está acechando a nuestra hermosa dama.
—¿La señorita de Taverney?
—La misma. Ahà tenéis el amante del palomar; ella viene a ParÃs y él vuela tras ella. Ella se hospeda en la calle de Coq-Heron, y él huye de nuestro poder para venir a habitar en la calle Plastrière; él la mira y ella medita.
—Es cierto —dijo Chon—: Mirad aquellos ojos, aquella fijeza, aquel fuego lÃvido: está locamente enamorado.