JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Sonrióse el subdelegado, y despidió a su agente tan pronto como recibió la confidencia.

—¿Qué hay? —preguntó Du Barry.

—¡Qué hay! Ya sospechaba yo que teníamos malas probabilidades: vuestro filósofo está instalado en casa de Rousseau. Creedme, desistid de vuestro empeño.

—¡Que desista!

—Y qué hacer. Por un capricho no creo que queráis sublevar contra nosotros todos los filósofos de París. ¿Es cierto?

—¡Qué dirá mi hermana Juana!

—¿Pero tanto quiere a Gilberto? —exclamó el subdelegado.

—Sí, mucho.

—Entonces pensad en medios más suaves: usad de política, halagad a M. Rousseau, y en vez de arrebatar a Gilberto por la fuerza, él lo entregará voluntariamente.

—¡Bah!, tanto vale ocuparnos en amansar un oso.

—Tal vez sea menos difícil de lo que suponéis. Ea, no hay que desesperar: a él le agradan las caras bonitas; la de la condesa es de las más lindas, y la de la señorita Chon no es desagradable tampoco. Decidme: ¿será capaz la condesa de hacer algún sacrificio por ese capricho?

—Hará muchos.

—¿Consentirá en enamorarse de Rousseau?


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