JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Oída la invitación del rey, M. de La Vauguyon pudo abrigar la esperanza de que Su Majestad, comprendiendo aquella pérdida, trataba de indemnizarle por medio de alguna recompensa. Terminada una educación es costumbre gratificar al preceptor, lo cual debió contribuir a redoblar la sensibilidad de M. de La Vauguyon, en extremo exquisita por naturaleza; de suerte que mientras duró la comida llevaba el pañuelo a los ojos, como para manifestar el sentimiento que la pérdida de su alumno le produjera. Prorrumpió en sollozos después de los postres; pero, al quedarse solo, comenzó a sentirse más tranquilo.

Al llamarle Luis XV sacó el pañuelo, afluyendo a sus ojos nuevas lágrimas.

—Mi pobre La Vauguyon, aproximaos —dijo el rey, instalándose cómodamente en un sillón—, y hablaremos un rato.

—Siempre a las órdenes de Vuestra Majestad —repuso el duque.

—Querido mío, sentaos; os encontraréis muy cansado.

—¡Sentarme yo, señor!

—Sí, sin ceremonia.

Y Luis XV le indicó un taburete colocado de tal modo, que las luces daban de lleno en el rostro del preceptor, dejando el suyo a la sombra.


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