JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Yo también fui educado según el sistema que habéis practicado con el delfÃn, y bajo el techo de mi abuelo. Mi preceptor, M. de Villeroy, era un hombre de bien como vos. ¡Ojalá me hubiese permitido más frecuentemente la sociedad de mi tÃo el regente! Pero no, la inocencia del estudio, como vos mismo habéis dicho, me hizo descuidar el estudio de la inocencia. Me casé, no obstante, señor duque, y el matrimonio de un rey es cosa muy formal en el mundo.
—¡Oh, señor!, ya empiezo a entender.
—Me alegro, y continúo mi relato. Examinó el cardenal mis disposiciones para el patriarcado: estas eran completamente nulas, y mi candor hacÃa temer que el trono de Francia recayese en la lÃnea femenina. Pero por suerte el cardenal consultó a M. de Richelieu sobre este asunto tan delicado, y como este último se hallaba muy instruido en semejante materia, tuvo una idea luminosa. ConocÃa a una señorita llamada Lemaure o Lemoure (no recuerdo bien el nombre), que hacÃa cuadros admirables; le encargó una serie de escenas… ¿adivináis?
—No, señor.
—¿Cómo me explicarÃa yo?… escenas campestres…
—¿Semejantes a las de los cuadros de Teniers?
—No, mejores: primitivas.
—¡Primitivas…!