JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Naturales. Creo haber por fin encontrado el término: ¿entendéis ahora?
—¡Cómo! —exclamó M. de La Vauguyon ruborizado—: ¡Se atrevieron a presentar a Vuestra Majestad…!
—¿Quién dice que me presentaron, duque?
—Pero para que Vuestra Majestad viese…
—Bastaba con que mi majestad mirara.
—¡Y bien!
—Miré.
—¿Y?…
—Y como el hombre es naturalmente imitador… imité.
—Señor, en verdad que el medio es ingenioso, excelente, aunque peligroso para un joven.
El monarca contempló al duque de La Vauguyon sonriéndose con sonrisa que pudiera llamarse cÃnica, a no haberse deslizado en los labios de Luis XV.
—Por hoy dejemos el peligro, y volvamos a lo que os falta que hacer.
—¡Oh!
—¿Lo sabéis?
—No, señor, y Vuestra Majestad me harÃa señalada merced en decÃrmelo.