JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —M. de La Vauguyon ha ido hasta el corredor nuevo, conduciendo a monseñor del brazo.
—Bien, ¿y qué más?
—Lejos de estar tan triste como Vuestra Majestad esperaba, lo hallé, por el contrario, con los ojos muy avispados.
—Bien, prosigue.
—Sacó del bolsillo una llave, que entregó a monseñor, el cual abrió la puerta, y entró en el corredor.
—¿Y después?
—La palmatoria que llevaba el duque la entregó a monseñor, diciéndole en voz baja, pero no bastante que no pudiese yo dejar de oÃrle:
«—Monseñor, la cámara nupcial se encuentra al fin de esta galerÃa, cuya llave acabo de entregaros. Su Majestad quiere que tardéis veinte minutos en llegar a ella».
«—¡Cómo! —exclamó el prÃncipe—, ¡veinte minutos cuando apenas necesito veinte segundos!».
«—Monseñor —replicó M. de La Vauguyon—; aquà termina mi autoridad, y sólo me resta daros un consejo: mirad con detención las paredes a derecha e izquierda de esta galerÃa, y afirmo a Vuestra Alteza que encontrará en qué entretener esos veinte minutos.».
«—Y no mal».