JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Dejadme antes, señor barón, que mande introducir mi carruaje en la cochera, pues tengo en él objetos de mucho valor.
Y dijo esto de manera tan expresiva, que obligó a ser creÃdo.
—¡La-Brie! —gritó el barón—, ¡La-Brie!, colocad el coche del señor bajo el cobertizo, pues estará mejor resguardado que en medio del patio, puesto que todavÃa no está enteramente destechado. En cuanto a los caballos, es cosa muy distinta, no puedo aseguraros si encontrarán o no algo qué comer, pero os será indiferente, puesto que siendo de la posta, no os pertenecen.
—De todos modos, caballero —dijo con impaciencia el viajero—, si no os molesto demasiado… y asà me va ya pareciendo…
—¡Oh! Nada de eso, caballero —interrumpió con agrado el barón—, no me molestáis; vos sólo seréis el incomodado.
—Podéis contar con mi gratitud.
—No me ilusiono —dijo el barón alzando de nuevo la bujÃa para dirigir el cÃrculo de luz hacia la parte donde José Balsamo, ayudado de La-Brie conducÃa su carruaje; y levantando la voz a medida que su huésped se alejaba— no me ilusiono —repitió—: Taverney es muy triste, y sobre todo muy pobre morada.