JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El viajero se hallaba demasiado ocupado para responder; pues aprovechándose de la invitación del barón, buscaba el paraje menos arruinado del cobertizo para resguardar su coche, y cuando lo halló, volvió a reunirse al barón, dejando antes un luis de oro en la mano de La-Brie.
Este último lo guardó en su bolsillo, creyendo que serÃa una moneda cuando más de cinco reales, dando gracias al cielo por aquella inesperada ganancia.
—Dios no consienta que forme el concepto que vos demostráis haber formado de vuestro castillo —repuso Balsamo saludando al barón, que en prueba de haber dicho verdad, le condujo, moviendo la cabeza, al través de una espaciosa y húmeda antesala, murmurando al mismo tiempo:
—¡Bien!, ¡bien!, sé lo que digo, conozco desgraciadamente la escasez de mis recursos. Señor barón, si fuerais francés, aunque vuestro acento alemán me indica lo contrario, y vuestro nombre italiano… Pero en fin, esto importa poco; si fuerais francés, el nombre de Taverney traerÃa a vuestra memoria recuerdos de lujo: en otros tiempos decÃan Taverney-el-Rico.
Balsamo creÃa que aquella frase concluirÃa con un suspiro, pero se equivocó.
—¡Filósofo tenemos! —dijo para sÃ.