JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Por aquÃ, señor barón, por aquà —continuó el de Taverney y franqueando la puerta del comedor—. ¡Ea!, tÃo La-Brie, servidnos como si vos solo representaseis a cien lacayos de casa real.
El criado se apresuró a obedecer a su amo.
—Caballero —dijo Taverney—, sólo este lacayo tengo, y por cierto que estoy muy mal servido. Mis facultades no me permiten tener más, y hace veinte años que este imbécil permanece conmigo sin haber recibido un maravedà de salario, y yo me encargo de su manutención… como me sirve sobre poco más o menos… ¡Veréis cuán estúpido es!
Balsamo seguÃa mientras el curso de sus observaciones.
—¡Mal hombre! —pensó—; pero tal vez sea todo afectación.
El barón cerró la puerta del comedor, y gracias a la bujÃa que levantaba por encima de la cabeza, pudo abrazar con la vista toda su extensión.