JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Era una gran sala baja que en otros tiempos había sido la pieza principal de una granja, elevada al rango de castillo por su propietario, y estaba tan pobremente amueblada, que a primera vista parecía vacía. Todo su adorno consistía en algunas sillas de paja, con espaldares esculpidos de grabados que representaban las batallas de Lebrun, guarnecidas de marcos de madera negra barnizada, y un armario de roble ennegrecido por el humo y el tiempo. En medio había una pequeña mesa, sobre la cual humeaba un plato de perdices y coles, y una ancha botija de barro con vino. La vajilla, que se componía de tres cubiertos y un cubilete, estaba ennegrecida y abollada por el uso, exceptuando un salero que por su peso, excelentes y lujosos cincelados parecía un diamante de gran valor en medio de guijarros, sin mérito ni brillo alguno.
—Sentaos, caballero —dijo el barón ofreciendo un asiento a su huésped, cuya escrutadora mirada había seguido con su vista—. ¡Hola!, habéis observado mi salero; lo contempláis sorprendido, es de mucho gusto; es el único objeto de la casa digno de presentarse; pero no: me equivoco, ¡a fe mía que aún tengo otra alhaja de mucho valor!, ¡es mi hija!
—¿La señorita Andrea? —dijo Balsamo.