JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los invitados dejaron sus carruajes en un ángulo de la plaza, y se mezclaron a pie, precedidos de sus lacayos, al numeroso gentío, que, aunque oprimido y molesto, deja siempre sitio al que sabe conquistarlo.
Era digno de contemplar el acierto con que aquellos curiosos dirigían en la oscuridad su ambiciosa marcha, para ocupar algún puesto ventajoso, en aquel desigual terreno. La espaciosa calle, pero todavía sin terminar, que debía llamarse calle Real, estaba interceptada aquí y allí por fosos profundos, en cuyos bordes se habían amontonado escombros y tierra de las excavaciones. Cada eminencia, por pequeña que fuese, estaba ocupada por algún grupo, pareciéndose a una ola más elevada en medio de aquel mar humano.
De intervalo en intervalo, la ola empujada por las demás, se hundía entre las risas de la multitud, todavía no muy apretada, para que pudiera haber peligro en semejante caída, y para que los que cayeran no pudieran levantarse.
Cuando eran las ocho y media, todas las miradas divergentes hasta entonces, empezaron a tomar la misma dirección, y pusieron su atención en el tablado de los fuegos artificiales. Entonces fue cuando los codos, jugando sin descanso, comenzaron a sostener la integridad de la posición del terreno, contra los invasores que sin cesar se reproducían.