JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los carruajes continuaron llegando. Los caballos casi rozaban con sus cabezas las espaldas de los últimos espectadores, que empezaron a inquietarse con tan peligrosos vecinos. Pronto, detrás de los carruajes se agrupó la muchedumbre, cada vez más crecida, de tal manera que, aun cuando aquellos hubiesen intentado retirarse, no lo hubieran podido realizar, ya encajonados como se hallaban por tan compacta y tumultuosa inundación. Viéronse entonces guardias franceses, artesanos y lacayos, con ese atrevimiento del parisiense que arrolla, en razón directa de la longanimidad del que se deja arrollar, que subÃan sobre los imperiales, como náufragos sobre las rocas.
Desde lejos despedÃa la iluminación de los bulevares, su rojiza luz sobre la cabeza de millares de curiosos, entre los cuales relucÃan las bayonetas de los arqueros de la villa, tan raras como las espigas que permanecen en pie en un campo recién segado.
A los lados del edificio, hoy palacio Crillon y Guardamueble de la corona, los coches de los convidados, en medio de los cuales no se habÃa adoptado la previsión de facilitar ningún paso, formaron tres filas que se extendÃan por un lado desde el bulevar a las TullerÃas, y por el otro desde el bulevar hasta la calle de los Campos ElÃseos, replegándose como una serpiente tres veces sobre sà misma.