JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A lo largo de esta triple fila de carruajes, vagaban como espectros por las orillas de la laguna Estigia, aquellos convidados a quienes los coches de sus predecesores impedían que llegasen a la gran puerta, y que aturdidos por el ruido, temiendo pisar (las damas sobre todo) aquel suelo tan lleno de polvo, se hallaban oprimidos entre las oleadas del pueblo que se burlaba de su delicadeza, y procurando abrirse paso entre las ruedas de los coches y los pies de los caballos, se deslizaban como podían hasta su destino, objeto tan codiciado, como lo es el puerto durante una tempestad.
Llegó uno de estos coches a eso de las nueve, es decir, pocos minutos antes de la hora prefijada para disparar los fuegos, tratando como los demás abrirse paso hasta la puerta del gobernador; pero su pretensión, ya tan disputada hacía algún tiempo, llegaba a ser en aquel momento si no imposible, al menos temeraria. Comenzóse a formar una cuarta fila que reforzaba las tres primeras, y los caballos, confundidos e inquietos por la multitud, se habían puesto furiosos, y a la menor irritación, lanzaban a diestro y siniestro tan sendas coces, que ya habían ocasionado algunos accidentes perdidos en medio de aquella tumultuosa multitud.
Un joven, cogido a los muelles de un coche, rechazaba a cuantos intentaban como él utilizarse de aquel locomotor, que al parecer había confiscado en su provecho.