JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Al detenerse el carruaje, nuestro joven se echó a un lado, sin soltar el muelle protector, y asà pudo fácilmente oÃr por la portezuela abierta, la conversación animada de las personas que venÃan en él.
Una joven vestida de blanco, y peinada con algunas flores naturales, se asomó a la portezuela. Al momento le gritó una voz:
—Andrea, pareces una aldeana: ¿no comprendes que, asomándote asÃ, te expones a que te abrace el primer palurdo que pase? Es necesario que te cerciores que nuestro coche está entre este pueblo como en medio de un rÃo. Estamos en el agua, querida, y en agua sucia: no nos mojemos.
Ocultóse la joven nuevamente en el interior del coche diciendo:
—Pero, señor, no se ve nada desde aquÃ: si nuestros caballos pudiesen dar una media vuelta, verÃamos por la portezuela, y nos hallarÃamos casi tan bien como en la ventana del gobernador.
—Vuelve, cochero —gritó Taverney.
—Señor barón, no puede ser, pues para conseguirlo serÃa necesario aplastar diez personas.
—Aplástalas, ¡voto a Cribas!
—¡Oh!, señor —dijo Andrea.
—¡Padre mÃo! —exclamó Felipe.
—¿Qué barón es ese que desea aplastar la gente? —gritaron varias voces en tono amenazador.