JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Yo —exclamó Taverney inclinándose y mostrando con descuido la banda encarnada.
Y como todavÃa en aquel tiempo se respetaba a todos los que llevaban esta distinción, el rumor siguió, pero en un diapasón descendente.
—Aguardad, bajaré —dijo Felipe—, y veré si encuentro manera de pasar.
—Ten cuidado, hermano, no te lastimes: ¿no oyes los relinchos de los caballos que se enfurecen?
—Bien puedes decir los rugidos —repuso el barón—. Vamos a bajar del coche: di que se aparten, Felipe, para que pasemos.
—¡Ah!, padre mÃo —contestó el joven—, ya no conocéis a ParÃs. En otra época podÃa ser bueno ese tono imperativo, pero acaso tendrÃa en el dÃa un resultado contrario al que esperáis, y presumo que no querréis comprometer vuestra dignidad.
—No obstante, cuando esa canalla sepa quien yo soy…
—Hermano —dijo la joven—, ¿no pudiera apoyarme en tu brazo y situarme contigo en medio de la gente?
—SÃ, sÃ, señorita —contestaron muchas voces de hombres llevados a compasión por la hermosura de Andrea—; sÃ, venid, como no sois gruesa, podremos con facilidad cederos un sitio.
—Vamos, ¿quieres bajar? —preguntó Felipe.